
Un censo educativo a la medida de la austeridad
Después de una década de ceguera estadística, el Ministerio de Capital Humano desempolvó la idea de un censo educativo para saber, por fin, quiénes son, dónde están y qué hacen los miles de docentes y no docentes que sostienen el sistema escolar argentino. El Relevamiento Nacional de Personal Educativo (ReNPE), el nombre pomposo de esta iniciativa, suena a una jugada maestra para, según dicen, “diseñar políticas más efectivas” y “mejorar la distribución de recursos”.
Pero, seamos honestos: en un contexto de recorte feroz y con el fantasma del “no hay plata” sobrevolando, este censo tiene un olorcillo a inventario de recursos humanos. La pregunta que se hacen muchos es si esta radiografía masiva del sector no será la excusa perfecta para justificar futuras podas, ajustar presupuestos y, quizás, señalar a quienes no encajan en el nuevo esquema.
El relevamiento es digital y se hace en dos etapas: primero los directivos actualizan las listas y después, cada trabajador debe completar su propio cuestionario. La información, se supone, servirá para trazar un mapa federal que permita “fortalecer la educación”. Sin embargo, la desconfianza es palpable. ¿Se usará para capacitar y mejorar, o para identificar puntos de ajuste y eficiencia en un sector que ya está en la cuerda floja?
El gobierno celebra esta herramienta como algo estratégico, pero para los gremios y el personal educativo, podría ser el inicio de una nueva batalla. No es lo mismo un censo para saber qué se necesita, que un censo para ver de dónde se puede recortar. Y en tiempos de motosierra, las buenas intenciones a veces son solo la cara bonita de una realidad mucho más cruda.




